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Certamen de Micrrorelatos Asociación de novelistas "La sombra del ciprés"

Certamen de microrrelatos

RESULTADOS

PRIMER CERTAMEN DE MICRORRELATOS


Tras la selección del jurado, y el proceso de votación de los socios , nos complace anunciar que el ganador del I Concurso de Microrrelatos de la Asociación de Novelistas La Sombra del Ciprés es:

Javier Tuero Rodríguez, con el microrrelato: "Amor fatuo"

Los relatos finalistas que le acompañaron en la fase final fueron:

"Mi dulce león", de Ana Luz Sanz Pérez

"A veces llegan cartas", de Juan Molina Guerra

"Arañazos", de Miguel Ángel Moreno Cañizares

"El cazador" de Silvia Suria Torres

Así mismo, en la categoría de relato de Asociado ha quedado ganador:

"Corten!", de Ismael López Martín

El nivel ha sido muy alto, entre los más de 200 microrrelatos recibidos y que cumplieron con las bases requeridas.

Se recuerda que el día 1 de diciembre, a las 12:00, tendrá lugar la entrega de premios en el Observatorio Activo Ávila 1131, calle Caballeros 17

AMOR FATUO

La cosa iba bien hasta el día en que me habló uno de los leones. Como domador veterano, yo estaba acostumbrado a pegar latigazos, no a pegar la hebra. Aquella misma noche, ya en la cama, se lo confesé a mi esposa. Maruja, el Boy me habla. ¿Qué es eso de que te habla?, respondió ella apartando brevemente sus ojos del televisor. Que me dice cosas, leñe, cunado paso a su lado. ¿Y se puede saber qué te dice? Tardé unos segundos en contestar. Me llama guapo. Y otras cosas. Yo no sé qué hacer, Maruja. Mi mujer me miró un instante muy seria mientras se mordisqueaba el labio inferior. Otra infidelidad, no. ¿Te enteras bien, Paco? Te lo advierto, cojo al niño y me voy. Haz lo que tengas que hacer. En tus manos queda.

A la mañana siguiente, el Gran Damasco llevó a castrar a su león favorito. ¿Por qué me haces esto?, le inquirió la fiera antes de recibir el dardo inmovilizante. Porque lo nuestro es imposible, Boy, respondió el hombre con los ojos húmedos clavados en el suelo.


ARAÑAZOS

La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones. “Aléjate, como si no lo vieras”, fue mi primera reacción. ¿Cómo convencerle de que el destino escribió nuestra historia? Una historia que arranca cuando saqué plaza en Madrid y alquilé un piso con vistas a la Casa de Campo. Una birria de piso de un dormitorio, pero con mucha luz.

Sucedió que esa misma semana, al regresar del trabajo, me tropecé con él. Era chiquitito, juraría que de pocos días, y de color ocre claro. Yo, que nunca había tenido animales, me lo traje a casa sin pensarlo dos veces. Apremiada por ponerle un nombre, lo llamé Simba. Con sus orejitas puntiagudas y el hocico marrón, me seguía por todas partes. Yo no tenía ni idea de cuidar a un felino, pero su mirada tierna y su forma de sorber la leche del cuenco me decidieron a quedármelo.

Por la noche, me acurrucaba junto a la ventana y él, de un salto, venía a mi lado. Como un peluche, se dejaba acariciar la barriguita y lanzaba pequeños rugidos que provocaban mi risa. Cuando nos cansábamos, íbamos a la cama y él dormía enroscado a mis pies.

Algo cambió cuando Javier entró en mi vida. Me enamoré como una loca y en cuestión de semanas vivíamos juntos. A Simba se le alteraron el carácter y los modales. Se comportaba con agresividad, pese a las carantoñas de Javier. Cuando hacíamos el amor, percibíamos la presencia de Simba al otro lado. Si le cogía, respondía con arañazos. Nunca imaginé el daño que provocan los celos.

La separación me costó un mar de lágrimas, que el tiempo fue secando. Simba se convirtió en un hermoso recuerdo… Hasta el día que un león me habló en el zoo. Era él.


A VECES LLEGAN CARTAS

La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones. Ahí vinieron las dudas. No las mías, ni las de mi hija Sofía, sino las de Paula, mi mujer. Había ido al zoo con Sofía, como hacíamos algunos sábados en que Paula tenía guardia en el Centro Médico.

-¿Has oído? -le dije a mi hija con la voz agitada y la mirada de pasmo.

-Sí –dijo la niña-, hoy ha rugido más bajito que otros días, como si estuviese resfriado, o cansado, o viejo.

-¿De verdad, no has oído lo que ha dicho? –le insistí.

Sofía me miró, divertida. Luego dijo, como si formara parte de un juego al que le invitaba su padre atolondrado:

-¿Tú que has oído?

Miré la luz que bailaba en sus ojos y que me pareció burlona a la vez que llena de ternura, y, aunque, por un momento tuve dudas, finalmente dije:

-Ha dicho: “¿Has leído la carta?”

-¿No estarás un poco loco, papi? –dijo la niña.

-Ya me conoces –dije sonriéndole, y luego, cogiéndola de la mano, añadí-: Vamos a la jaula de los mandriles.

La mañana del domingo, cuando Paula regresó de su guardia, mientras le servía una taza de café recién hecho, le pregunté:

-¿Te ha escrito alguien?

Noté que la nuez de Paula se movía, como si tragase saliva. El rostro lascivo de Iván, el cardiólogo, cruzó por mi mente. Un lúgubre silencio invadió de repente la cocina, y tuve la extraña sensación de que alguien que era dueño de mi destino había decidido que había llegado el momento de poner a esta historia el punto final.

EL CAZADOR

“La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones”, me dijo mi paciente, a la par que sacaba una escopeta de caza de debajo de su gabardina. En ese momento supe que podía se mi último día en la tierra, y no lo había visto venir. “Y no sé qué hago hablando con un jaguar”, añadió, mientras me encañonaba. Tenía sólo unos segundos para reaccionar, o me volaría los sesos.

El policía leyó las últimas notas del psiquiatra mientras pensaba cómo podía haber seguido escribiendo con una escopeta en la cabeza. “No sé quién estaba más loco”.


MI DULCE LEÓN

La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones, en aquel momento me di cuenta de que lo mismo estaba perdiendo la cabeza. Llevaban en el fondo de la alacena desde que llegaron a casa, me acuerdo muy bien de ese día, un lunes, el comienzo de mi dieta. Los mire fijamente con ojos amenazantes “Yo soy la reina de esta selva y a la mínima, ¡os meto en la thermomix!” Me sentí fuerte, poderosa, mis tripas rugieron ¡pero eso era hambre!

Pasaron los días y todo estaba correcto… ¡Bueno, en realidad pasaron cuatro! Sentada en el sofá, mientras me comía una triste manzana, mis ojos no podían dejar de mirar aquellos leones de chocolate negro, con esa abundante melena y ese cuerpo tan musculoso, medio tapados por las copas que, muy sutilmente, les coloque delante. Tal vez hubiese sido mejor ponerlos detrás de los libros…

Entonces pasó; uno de los leones me guiñó un ojo. “No puede ser Ana” –me dije.

Me acerqué despacito y retiré una copa, estaba claro que la falta de azúcar ya me estaba afectando, me disponía a retirar la segunda ¡y me sonrió! Me froté los ojos y empecé a sacar todas… ¡y me habloooooo! Las copas terminaron en el suelo.

— ¿Qué pasa, no puedes con la tentación? ¡Leona

¡La madre que me parió! Me estaba hablando un león de chocolate…

— “¡Un león de chocolate! ¿Qué hago? ¿Le contesto?”

No podía creerlo, no sabía qué hacer…Piensa, piensa. La verdad, no tardé más de un minuto en meterlos en la thermomix y triturarlos a máxima velocidad. Cogí la receta de bizcocho de mi hermana y al horno.

Entonces empezó el segundo problema ¿Qué hago ahora con el bizcochoooooo?


CORTEN!

La cosa iba bien hasta el día que me habló uno de los leones. La verdad es que siempre nos hemos referido a uno solo, pero yo quiero creer que son unos pocos y que trabajan a turnos, dada la ingrata y repetitiva tarea a realizar. Y digo que la cosa iba bien porque el sobresalto fue de proporciones bíblicas. Aquel día, en vez de rugir poderosamente, ese león de La Metro apareció en mi pantalla sigiloso mirando a un lado y a otro, me chistó y con voz queda me dijo:

—Si me pillan me mandan al circo, pero no lo puedo evitar. La película es mala de solemnidad, no la veas, esta no, por lo que más quieras. Vete al campo, haz meditación guiada por Internet, cambia la ropa de los armarios… ¡qué sé yo! Pero no te sometas a esta tortura. Ya no nos pagan por objetivos y estoy a punto de jubilarme, así que créeme cuando te digo que es una put…

De repente un codazo de mi hermano me despertó:

—¡Que va a empezar, despierta y deja de roncar como un león, que vas a tirar los cuadros de la pared!

Me levanté como un resorte, cogí algo de meditación, apagué el armario y apenas sin ropa me interné en el campo para encontrar mi guía.